domingo, 5 de enero de 2014

La ira de los justos: el origen de un mito


- ¿Kurt?  ¿Me estás escuchando? -  La voz familiar de su madre sacó a Kurt de la especie de ensoñación que le aletargaba.
- Sí, madre, perdona.  Me he distraído un momento.
- Lo entiendo.  La experiencia que has vivido ha tenido que ser sobrecogedora, como mínimo.  No te molesto más, hijo mío.  Descansa y baja cuando estés más despejado.  Creo que el sumo sacerdote de Torag quería hablar contigo pero tú decides si quieres o no hablar con él.
- Claro que hablaré con él, madre.  Pero más tarde.  Es muy complicado.  No tengo aún palabras... - y con esa frase en el aire Kurt volvió a su actitud contemplativa. 

Tenía delante de él una ventana pero aunque lo pareciera no estaba mirando por ella.  Miraba mucho más lejos, hacia el infinito.  Thalysa Kronner se retiró de la habitación que ocupaba su hijo, preocupada.  Nadie entendía lo que había pasado.  De repente, su hijo Kurt y sus compañeros, los Cuatro Héroes de Kenabres, parecían más reales.  Más definidos.  Más resueltos que nunca.  Ella misma se sentía incómoda al hablar con su propio hijo.  Porque seguía siendo su hijo el que estaba en aquella habitación, ¿no?  Rechazó esa duda pensando en que no era justo creer algo así.  Kurt había cambiado, desde luego, pero en el fondo seguía siendo su hijo.

Ataque sobre Kenabres

 Madre e hijo habían compartido una afinidad y una relación honesta y directa desde siempre.  Incluso cuando él era un simple acólito en el templo de Torag y ella le impartía instrucción no había ninguna barrera entre ellos.  Pero esto era distinto.  Kurt estaba "tocado por los Dioses".  Thalysa sonrió preocupada ya que esa frase era un eufemismo muy utilizado para referirse a los locos y a los trastornados.  ¿Estaría su hijo perdiendo la cabeza?  ¿Sería una alucinación la historia que relataba sobre la energía de las piedras de custodia?  Peor aún: ¿podría ser todo una artimaña demoníaca para torturarles de manera exquisita?  No.  Todos los que miraban a los ojos de aquellos Cuatro de Kenabres sabían que lo que había sucedido les había cambiado por dentro.  La duda que en el fondo atormentaba a la sacerdotisa de Torag era si ese cambio era a mejor o a peor y el precio que su propio hijo habria pagado o tendría que pagar tarde o temprano.

Tras dar unas vagas explicaciones y sabiendo que el Sumo Artífice de Torag no había captado la esencia de la revelación que había tenido, Kurt se dirigió a la cita que tenía con sus compañeros.  Todos habían tenido una sensación similar al tratar de explicar el fenómeno que habían experimentado.  Nadie que no lo hubiera sentido podía entenderlo.  Con ellos, por lo menos, no tenía que estar pendiente de miradas curiosas y confusas.

Sumo Artífice de Torag, en Kenabres

- ¿Soy un egoísta por querer volver a sentir la conexión que tuvimos con la energía de las Piedras de Custodia?

La voz de Kurt era serena, pero delataba su anhelo por experimentar de nuevo aquello.

- No, Kurt.  Fue una sensación poderosa.  Sagrada quizás.  Al fin y al cabo está el sueño que hemos compartido todos, donde vimos a ...
- La Heredera - Kurt completó la frase de Kairon.
- Iomedae.  ¿Creéis que era ella en realidad?  Podría ser un truco o una alucinación - el excepticismo de Beloc hacía su aparición.
- Si algo sé de la energía divina es que su manifestación es innegable.  Todos SABEMOS que era Ella, lo aceptemos o no.
- Pues yo no estoy segura de si quiero aceptarlo o no - Kiha era la más reticente. - Al fin y al cabo yo no me siento imbuída con ninguna energía divina en este momento.  Solo me siento...  mejor. 

- Mi teoría es que - continuó Kurt - cada uno de nosotros ha conseguido acceder a una reserva de poder propio.  No busquemos el origen únicamente en una presencia divina.  Recordad lo que vimos.  Vimos la historia de la Herida del Mundo.  Vimos la historia de las Piedras de Custodia.  Fue la energía espiritual de esas piedras lo que... despertó... nuestra fuente de poder.  Obviamente, para mí ese poder es divino.  Yo soy un conducto del poder sagrado de Torag y a través de mí canalizo su energía y su poder, pero es mi propia voluntad la que le da forma.  Una relación parecida tiene Kairon con Sarenrae, ya que es uno de sus escogidos servidores, así que supongo que tú sientes algo parecido.

- Sí, pero es más a un nivel personal.  No me malinterpretéis, continúo sintiendo a la Señora del Alba como una presencia cercana a mí, que me reconforta y me recuerda que debo dar ejemplo de rendención a quien la merezca...
- Y de castigo a quien no la merezca - Beloc completó. - Yo sin embargo no sólo siento la presencia de Iomedae conmigo sino que me siento más determinado, más resuelto a realizar mi trabajo con su ayuda y, sobre todo, con mi fuerza de voluntad. ¿Tiene sentido?
- Por supuesto que sí - dijo Kiha.- Como sabéis, mi poder procede de mi propia determinación y mis propios sentidos.  No tengo una educación formal en la magia, pero sin embargo los hechiceros siempre somos consciente de nuestro poder interior.  Y ese poder no sólo ha crecido sino que me atrevería a decir que ha cambiado con la experiencia.  Sí, creo que esta experiencia nos ha abierto a cada uno una puerta diferente, según nuestras habilidades.  Y yo, tened por seguro que la voy a aprovechar.  Lo vamos a necesitar si queremos sobrevivir a lo que vendrá a continuación.
- Sí - dijo algo taciturno Kurt. - Y tendremos que hacerlo juntos.  Sólo nosotros tenemos la visión y la perspectiva necesaria para realizar según qué tareas.  Lo sospechamos cuando aceptamos la misión de recuperar la Guarnición Gris y lo corroboramos con la epifanía de las piedras.  El resto, sólo lo saben los dioses...


Minago

Aún pasó un tiempo en silencio hasta que el grupo se disolvió sin mediar más que las despedidas formales.  No hacía falta que dijeran mucho más.  Su conexión era cada día más fuerte, pero todos sospechaban que los retos que se les presentarían a continuación serían igualmente desafiantes.  Por lo menos ahora los malvados tenían cara y nombre.  Donde quiera que estuviese, Minago estaría preparándose para hacerles frente.  Tanto ella como su señora, Areelu Vorlesh, eran ahora conscientes del poder de los Cuatro Héroes de Kenabres.  Definitivamente, no se lo pondrían fácil la próxima vez.



miércoles, 25 de diciembre de 2013

Evento de la Sociedad de Exploradores (14/12/2013)

Pues sí, amigos.  Una vez más en la brecha, con las jornadas de juego organizado de la Sociedad de Exploradores (me niego a llamarla Sociedad Pathfinder).

Me presenté con el tiempo justo en la cafetería en la que ya es constumbre quedar y entramos en Generación-X de la calle Puebla instantes después de que abrieran.

Allí nos esperaba el baile de mesas (yo iba a jugar un escenario y terminé jugando otro) y, sobre todo, un sorteo de dos manuales de Pathfinder en español, uno de los cuales cayó en mis pérfidas manos.  Lamentablemente, le faltan páginas, así que tengo que ponerme en cotacto con Devir para que me lo cambie o algo.

Tras el desconcierto incial, comenzamos The wardstone patrol, dirigida por Nagash.


Mi clérigo borracho, Michael Kross, se unió a un ninja sin nombre (pregenerado), un mediano ladrón/guerrero llamado Golosina y al guerrero Gerard (manejado por Enrique) en una misión en la Herida del Mundo.  Al parecer, la Piedra de Custodia de puesto fronterizo había sido dañada o había dejado de funcionar correctamente, ya que se habían avistado algunos demonios cerca.  Nuestra misión era ir con Sir Ilvan, un caballero estirado e insoportable cuyo sentido del deber implicaba llevar puesta una venda en los ojos para poder seguir las órdenes ciegamente, a ese lugar y recoger el informe que habría elaborado alguien allí sobre la estabilidad y eficacia de la mencionada Piedra.

En el camino vimos que había un grupo de gente pegándose entre ellos y, lo que es peor, atacando a lo que parecían ser víctimas indefensas tiradas en el suelo.  Automáticamente decido intervenir, aunque Gerard también tenía la mano en el arma (más por su afán de luchador y sus ganas de bronca que por su sentido del deber).  Se trataba de una especie de gusanos que "poseían" a un huésped y lo obligaban a hacer su voluntad.  Tras algunas escaramuzas y no demasiado peligro, tumbamos a los títeres y matamos a los gusanos.  Sir Ilvan no sólo no estaba contento con nuestra intervención sino que además estaba molesto porque en nuestras órdenes no figuraba ayudar a nadie ni entretenernos.  Ver para creer...

Llegamos al fuerte y nos cuentan que recientemente han perdido a varios soldados y caballeros (8 en total) en el interior de la Herida.  Hizo falta la diplomacia de mi clérigo y algunos toques dramáticos para que el bendito Sir Ilvan nos acompañase en lo que podía ser la típica misión de rescate que termina fatal y necesitamos a su vez ser rescatados.

En la Herida, el paisaje infernal va cambiando y sólo las habilidades de supervivencia de Sir Ilvan sirven para rastrear a los secuestradores.  En esto, Michael detecta una especie de polvo o polen amarillo flotando en el ambiente.  No le dio tiempo a sacar un pañuelo para taparse, ya que ese polvo empezó a hacer enloquecer al grupo.  Sir Ilvan se echó al suelo en posición fetal murumurando algo parecido a "¡Otra vez no! ¡No! ¡Mis amigos! ¡Mis compañeros!" mientras que Gerard y el ninja están convencidos de que Sir Ilvan les está traicionando y les va matar en cualquier momento, ante lo cual prefieren atacar ellos antes.  Sólo la cordura del clérigo (y manda cojones, porque es más bien un juergas) se interpone entre ellos y Sir Ilvan.  El escudo salva un golpe y el resto lo recibe con resignación.  Y de hecho un "Retener Persona" bien colocado anula a Gerard y permite que, poco a poco, la cosa se disipe.  Durante 10 asaltos hemos corrido un riesgo importante de matarnos entre nosotros.

Entendemos entonces el estrés postraumático de Sir Ilvan y su necesidad de cumplir con las órdenes.  Y de hecho, el muy cafre se redimirá más adelante, cuando tras un desafortunado encuentro con unos enjambres de abejas asesinas (abejas normales, pero según Michael, con muy mala uva) se lance a la carga contra una horda de demonios, cabalgando hacia su muerte segura a cambio de conseguirnos algo de tiempo.

Y es que los tipos secuestrados se encuentran delante de nosotros, pero para llegar hasta ellos y marcharnos de ese paraje infernal tenemos que vérnoslas con un demonio con cuernos y pezuñas cuya sangre encima salpica fuego.  Por si fuera poco el daño que hace con los ataques normales, también tiene un par de aptitudes sortílegas muy majas, como el hacernos daño con un grito mientras él se cura el equivalente a un "Curar heridas moderadas" o empezar a levitar fuera de nuestro alcance cuerpo a cuerpo.

Al final no fue complicado. Nada que un arma espiritual bien colocada no pueda arreglar, ni que los ataques con crítico de Gerard o los ataques furtivos de Golosina y el ninja no pudieran rematar.

Finalmente rescatamos a los tipos, huimos como perras de ese paisaje infernal y nos hacemos con otro informe (el original descansa en la Herida del Mundo, con el cadáver de Sir Ilvan).  Misión cumplida, no hay que lamentar bajas.

Me ha gustado mucho esta aventura porque por fin se utilizan debidamente las características sociales.  No es simplemente un "tira diplomacia" sino un "¿Cómo enfocas esto? ¿Qué punto quieres dejar claro?  ¿Qué quieres conseguir?".  Eso y que como ahora estamos jugando La ira de los justos, todo lo que tenga que ver con la Herida del mundo me interesa más, claro está.  Es un escenario muy bueno.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Rise of the Runelords: el final según Shalelu Andosana

¿Sobrevivir a la ausencia de aire en una altitud denominada "zona de muerte"? Fácil.
¿Acabar con un molesto residente de Xing-Shalast? Sin problema.
¿Un sabueso aberrante con ataque mortal que, según Niko se llamaba 'Perro de Tíndalos'? No fue rival para ellos.

Eso fue lo que les condenó: la ascensión por el Pináculo de la Avaricia no fue complicada y, pese que el combate contra los gigantes rúnicos y su hueste de gigantes de las tormentas se complicó un poco (bueno, mucho, pero dentro de un orden) habían sobrevivido todos.



Tras desbaratar los planes de los habitantes de la Meseta de Leng de despertar a una entidad cósmica, Shalelu y el resto del grupo creyeron que, por muy poderoso que fuera Karzoug, podrían con él si atacaban preparados y con todos los hechizos de mejora activos.  Mientras, en la sala del Pozo, Karzoug se sonreía.  Los intrusos no sabían que oía todo lo que decían y que veía a través de los símbolos de la runa Sihedron que los incautos llevaban encima.

Shalelu dirigió una mirada a sus amigos y luego contempló su símbolo sagrado.

- Desna, tú que proteges a los valientes y osados, concédenos tu favor divino.  Sé que pido mucho.  Sé que este enemigo es superior a nosotros y que enfrentarse a él no es valiente sino temerario, pero una vez más recurro a ti como siempre que tengo miedo, duda o incertidumbre sobre el futuro.  Protégelos, oh Desna, y protégeme a mí también, pues ésta es una misión suicida.  Guía mis flechas y que mi brazo no tiemble.  Inspira a mis compañeros en sus hechizos y golpes.  Haznos rápidos, certeros y letales, porque si fallamos temo que Golarion esté condenado.




Pensando en la plegaria que acabana de elevar, Shalelu reconoció a sus compañeros como amigos, una distinción que una elfa solitaria como ella no hacía en vano.  Es cierto que Niko tenía una visión del mundo muy diferente a la suya, centrada en el poder y, por algún insondable motivo, en los gatos.  Lux había cambiado para mejor desde que su error le costó su estatus de paladín.  Ahora era más sabio, más maduro.  Todos lo eran, en realidad.  Haber presenciado todo lo que ellos habían presenciado les había cambiado.  Incluso el optimista de Sirenio tenía una especie de nube de tormenta en su semblante.  Todos estaban preocupados por lo que iba a pasar a acontinuación.

Sirenio meditaba, sólo el sabría sobre qué.  Las costumbres del oráculo eran bastante misteriosas para ella, incluso habiéndose acostumbrado los unos a los otros en el transcurso de los últimos meses.  Niko repasaba su arsenal de varitas, cetros y artefactos arcanos y a los ojos de Shalelu parecía como un guerrero repasando sus armas.  Lux se afanaba en tener sus armas listas y su renovada fe en Sarenrae preparada para enfocarla contra el malvado enemigo.

- Estamos listos - Dijo en voz alta Shalelu - Desna, protectora de mi familia y de mis amigos, guíanos esta misión.  Saenthia, si puedes verme allá donde estés, mira como tu hija es digna de tu nombre.


Al pronunciar estas palabras en voz alta, Shalelu se dio cuenta de que el destino había querido que una mariposa monarca, con alas grandes con un diseño caprichoso y colorido, se posase en su bota.  Tomándolo como una señal, la tomó gentilmente con la mano y, susurrándole un sincero "gracias" la soltó a volar, perdiéndose tras un giro del pasillo.  Tal vez un espectador ajeno a la escena se preguntaría cómo era posible que una mariposa hubiera sobrevivido a esa altitud.  Para Shahelu y sus amigos no cabía esa duda, y aprovechando aquella señal de beneplácito de la Dama de la Aventura, entraron en el globo brillante que suponían que les llevaría a la estancia donde Karzoug se preparaba para resurgir como Señor de las Runas.

Tras acostumbrarse al efecto del transporte, el grupo se encontró en una plataforma con unas escaleras ascendentes.  Tras ellas, sentado en su trono, se hallaba Karzoug.

- Bienvenidos a vuestra muerte, aventureros de Punta Arena.  No sólo no impediréis mi ascenso sino que se podría decir que vuestra intrusión es proverbial.  Vuestras almas alimentarán el pozo de la Avaricia y me permitirán materializarme en el mundo material.
- No te saldrás con la tuya, Karzoug. - la voz del paladín tronó por la estancia - Esto acaba aquí y ahora.
- Cierto.  Acaba aquí y ahora...  ¡PARA VOSOTROS! A ellos, mis esbirros.



El asalto a la sala del trono había comenzado.  A otros aventureros menos avezados, el miedo les habría paralizado en el sitio.  Sin embargo, los Héroes de Punta Arena se movieron por la sala tratando de encontrar la posición más ventajosa.  La situación era complicada, ya que dos gigantes de las tormentas estaban apostados en una plataforma superior y comenzaron a lanzar relámpagos en cadena.  Con varios saltos ágiles, Shalelu saltó y rodó sin perder de vista a su enemigo, encontrando milagrosamente las zonas en las que los relámpagos no restallaban.  Karzoug, obviamente, no estaba solo.  Junto a él se erguía un poderoso dragón azul que, siguiendo las órdenes de su amo, levantó el vuelo y se posicionó para arrojar su aliento eléctrico.  De nuevo, Shalelu lo esquivó con la gracia que era ya característica en ella.  Sintiéndose envalentonada, apuntó al gigante rúnico que se alzaba imponente en medio de la sala.  Antes de que pudiera disparar su arco, Karzoug se adelantó y pronunciando unas palabras, de repente, todo estaba perdido.





Un chillido aterrador se oyó en la zona inferior de la plataforma donde estaban los aventureros.  Un grito cuyo origen era, sin duda, el conjuro de Karzoug, pero que a los héroes les heló el corazón.  Con aquel lamento, que llegaba a las entrañas y les paralizaba, Sirenio y Niko cayeron inertes en el suelo.  Aterrada, Shalelu notó que la energía se le escapaba, pero consiguió dominarse a tiempo.  Lux, por su parte, la emprendió contra Kharzug y, clamando la protección de la Flor del Alba, invocó su poder para permitir que sus ataques y los de sus aliados fueran más certeros, bañados en la luz de Sarenrae.  Shalelu sintió ese poder como recorriéndole las venas.  No era el toque fortuito que sentía cuando invocaba el poder de Desna, sino algo más intenso.  Fuego, energía, resolución, todo aquello que el fuego se lleva y que el fuego alimenta.  Amor, purificación, gloria, auxilio, piedad...  todo mezclado en su ser. 

Shalelu cambió de blanco.  Si iba a morir allí, y seguro que moriría ya que Sirenio y Niko habían caído y las posibilidades de paliar el daño soportado se habían ido con ellos, moriría enfrentándose el enemigo principal.

- Jakardros estaría orgulloso de mí.- pensó Shalelu reparando en la ironía que suponía morir ella antes que su padre adoptivo. Aquel ataque decidiría el destino de Golarion entero.  El peso de la responabilidad la inundó.  Shalelu se centró en un punto muy concreto: no luchaba por Golarion, ni por Varisia.  Luchaba por Punta Arena, por sus amigos allí.  Por Ameiko.  Por la gente inocente que se veía envuelta en luchas que no les pertenecían.  También por Hoja Llorona, su pueblo natal.  Y también, por supuesto, por Niko y Sirenio, los primeros en caer.




Las flechas de Shalelu eran demasiado rápidas para seguirlas con la mirada.  En algún lugar del Golarion, una mariposa agitó sus alas.  En Punta Arena, el sacerdote encargado del templo a Sarenrae encendía en ese momento incienso y una llamarada salió de aquel exiguo palito de ofrenda.  Y, en el Pináculo de la Avaricia, Kharzug caía atravesado certeramente por la andanada de Shalelu.

A partir de ahí todo se tornó confuso.  El campo de exclusión que rodeaba el Pináculo de la Avaricia desapareció, aunque la ausencia de aire respirable no incomodó a Shalelu, adaptada como estaba no necesitar oxígeno gracias a las piedras Ioun.  El cuerpo, la proyección o lo que fuera, de Karzoug explotó dispersando una energía dorada que de inmediato devolvió el aliento a Niko y Sirenio.  Lágrimas rodaron por las mejillas de Shalelu.  Lágrimas de emoción, de triunfo, de extenuación...  Por fin todo acababa.  Por fin la amenaza de los Señores de las Runas terminaba, con el mismo secretismo que como empezó.

- ¿Entonces por qué me cuentas todo esto? - Interrumpió Jakardros. - Si es un secreto no deberías ir divulgándolo por ahí a cualquiera.
- Tú no eres cualquiera, Jakardros.  Eres mi padre, o lo más parecido que he tenido.  Y sé que podrás guardar este secreto.  Al fin y al cabo, no conviene que la ubicación de Xing-Shalast se divulgue.  Imagínate, una ciudad entera hecha de oro...



Cuando Shalelu se despidió de su padre adoptivo, sabía que había hecho bien diciéndoselo.  Además de diosa de los sueños y los viajes, Desna era la patrona de los aventureros por antonomasia.  Sería apropiado dejar alguna pista por si alguien quería probar su valía y tratar de alcanzar Xing-Shalast.  Nunca se sabe, tal vez algún valiente aventurero empezase a moverse y tratase de investigar qué había de cierto sobre esa ciudad de leyenda en la que los edificios estaban hechos de oro.  Eso les daría algo de motivación.  Y sintiéndose como una granjera que en lugar de sembrar trigo sembraba la simiente de la aventura, Shalelu emprendió su viaje de vuelta a Punta Arena.

jueves, 5 de diciembre de 2013

La cruzada de los justos: Kurt Kronner

El polvo de la calle secaba la gargante de Kurt mientras se encaminaba, con paso quizás más lento de lo habitual, hacia su casa.  Había recorrido el mismo camino en multitud de ocasiones, pero ahora se daba cuenta de algunos detalles que, por mundanos, le habían pasado desapercibidos hasta ahora.  El color de la puerta de la señora Froon, que ya necesitaba otra mano de pintura, el estado de las ventanas de la taberna local, el curioso modo que tenía el sol de reflejarse en algunos tejados...  

Kurt Kronner

Tomando aire profundamente, entró en su casa, listo para enfrentarse a lo fuera.  No todos los días se le decía a una madre que quería apuntarse de voluntario en ejército de Kenabres.  Por supuesto, la ciudad NO tenía un ejército organizado, pese a los esfuerzos de las Órdenes de Caballeros por un lado y del Cuerpo de Inquisidores por otro.  La lucha constante contra las fuerzas que la Herida del Mundo escupía hacía que Kenabres fuese ya una ciudad, y no sólo un bastión fronterizo poblado por soldados.  Las Órdenes de Caballería y el Cuerpo de Inquisidores establecían sus objetivos y presionaban para obtener apoyos.  En medio de ellos, Hulrun Shappok, el líder de la ciudad, tenía el difícil papel de coordinar los esfuerzos de ambos bandos en una meta común.

- Madre, está decidido.  Voy a alistarme y a hacer lo que pueda por la Cruzada.





Thalysa Kronner

Thalysa Kronner miró a su hijo de arriba a abajo.  El rostro de Kurt mostraba ese gesto que tantas veces vio en el rostro de su padre.  Su determinación era férrea y no cambiaría de opinión fácilmente.  Absorta en el momentáneo recuerdo de su difunto esposo, Thalysa tardó un poco en contestar.  Su hijo esperaba expectante una respuesta, y ella se la iba a dar de una forma directa y contundente, como cualquier otra madre habría hecho en su lugar.  Con el tono más firme que pudo usar, Thalysa se dirigió a su hijo:

- Hijo mío, vas a acabar conmigo.  ¿Qué cara crees que pondrán en el cuartel cuando te vean con esa facha?  Haz el favor ponerte bien esa correa.  ¿Y tu cinto? ¿Por qué cuelga de esa manera tan rara?  Y haz el favor de atarte y limpiarte las botas.  El hijo de una clériga de Torag no puede presentarse así a alistarse.  La barba por lo menos la llevas arreglada.  Desde luego, has sacado la vanidad de tu padre...

Thalysa continuó durante unos minutos mientras Kurt, desconcertado, la miraba revolotear por la sala buscando el betún para las botas y algún detalle más que fuera necesario para acicalarlo.

- ¿No... no estás enfadada?  Pensé que preferías que me quedase en Kenabres y trabajase en el templo, ayudando en la forja, o algo así.
- No.
- ¿En serio?
- Escúchame, Kurtis Orcbane- Thalysa utilizaba el nombre completo de su hijo pocas veces, lo que garantizaba su completa atención - Si bien es cierto que hubiera preferido que escogieras una tarea menos arriesgada, no puedo sino animarte a que busques tu propio destino.  Yo soy la viuda de un héroe de guerra, y al contrario de lo que podrías pensar, me enorgullece que mi hijo siga la estela de su padre.  Drum Orcbane fue un gran enano, un servidor sagrado del templo de Torag y un héroe.  Su influencia en la batalla fue quizás menor, uno de tantos que caen en este conflicto, pero pregunta si quieres a cualquier superviviente que haya combatido a su lado.  Te contarán lo grande que era.  Yo misma serví temporalmente a sus órdenes hasta que...  bueno, hasta que el conflicto de intereses fue demasiado evidente.  Cuando me quedé embarazada de ti decidimos que era mejor servir a Torag en el templo y no en la batalla directamente.  Años después vinimos aquí, donde éramos necesarios.  Y aunque yo no haya vuelto al campo de batalla, mi puesto en el templo ayuda a que no haya tantas bajas.  Es un trabajo interesante para mí, pero no es lo que tú buscas, por lo que veo.
- No, madre. Quiero buscar mi propio destino. Quiero forjarlo yo mismo, de hecho, y la mejor manera de encontrar las herramientas adecuadas es alistándome.
- Cuidado con lo que deseas, Kurt.  Asegúrate de que es realmente lo que quieres, y no lo que crees que tu padre querría para ti.  El poder está en nuestra capacidad de tomar decisiones, y tratar de tomar la decisión apropiada en cada momento.  Seguro que en el templo te han enseñado eso.
- Sí, madre.  Pero la vida del templo ya la conozco, y la de la batalla aún no.  Quiero conocerlas ambas y decidir en consecuencia, si sobrevivo a la experiencia.
- Tus palabras son sabias.  Veo que te hemos enseñado bien, pero no olvides que por muy estrictas que fueran las circunstancias en el templo, y más que van a ser en el ejército, hay más en la vida que la disciplima, militar o religiosa.  Mira a tu alrededor, Kurt.  Somos muy pocos los enanos dedicados a esta tarea.  Somos pocos en general.  Que tus obligaciones no te hagan olvidar de dónde venimos.  Tristemente, el lugar a donde vamos lo vas a tener presente día a día en el ejército.




Drum Orcbane (Caído en combate en la Herida del Mundo)

Dicho esto, y satisfecha ya con el aspecto de su hijo, Thalysa emprendió el camino de la oficina de reclutamiento con Kurt.  Hicieron el recorrido en silencio.  Madre e hijo se miraban entre ellos y a los vecinos que, sin mediar palabra, los saludaban con la cabeza en una mezcla de respeto y miedo.  Respeto a la decisión del joven Kurt (joven para los estándares enanos) y miedo a que, cuando Kurt saliese con su pelotón, no volviesen a verlo.

Ya en la oficina de reclutamiento, el encargado del alistamiento se dirigió a Thalysa. 
- ¿Ha llegado ya la hora, como te temías?
- Sí, Chuck.  Como me temía, el muchacho sale a su padre.  Desde hoy contáis con lo mejor de nuestra raza.  Procurad que no tenga que pagar con la misma moneda que su padre. 
- Sólo los dioses lo saben, sacerdotisa.  Reza por él, que el pequeño Kurt va a estar demasiado ocupado rezando por todos sus compañeros.  Apunto tu nombre y profesión para que te asignen a un instructor.  Kurt Orcbane...
- No. - Dijo algo acalorado el joven Kurt. - Kurt Kronner.  Prefiero utilizar el apellido de mi madre.  Es ella quien me inspiró a entrar al servicio de Torag.  Aún no me siento digno de llevar el nombre de mi padre.  Tal vez, cuando sea la mitad de digno de su nombre, lo utilice.
- ¿Acaso crees que es más fácil ser digno de mi nombre que del de tu padre? ¿Dónde me deja eso? - Thalysa miró a su hijo de forma grave.
- No, madre.  Pero sé que si hago algo mal, tanto tú como Torag estaréis allí para indicármelo e incluso perdonarme.  Padre no está aquí de modo que usar su nombre sin estar debidamente entrenado y listo no me parece cómodo.  Ya tengo la bendición del Señor de la Forja.  ¿Cuento con la tuya también?
- Sí.  Estoy convencida de que llevarás mi nombre al honor y a la gloria.  Si es importante para ti, sea.  De todos modos tu padre siempre decía que yo era demasiado testaruda como para adoptar su apellido sin rechistar.  Una de las primeras cosas que hice al quitarme el luto fue precisamente recuperar mi nombre familiar.  Parece lógico que para ti tenga también tanta importancia el nombre.  Y tú, Charles Townsend, deberías al menos disimular cuando las discusiones familiares te parecen divertidas.  Es poco prudente reirse de los responsables de tu salud y bienestar. - Dijo Thalysa dirigiéndose al oficial de reclutamiento.
- Siempre me queda el templo de la Heredera, o el de la Señora del Alba - Bromeó el oficial.  Charles "Chuck" Townsend era de los escasos humanos seguidores de Torag, pero eso no le privaba de un peculiar sentido del humor y una familiaridad insuitada con una sacerdotisa de su dios.

Con una carcajada, Thalysa dio por zanjada la discusión y se sentó en un banco de madera mientras Kurt pasaba a un despacho a hacer el debido papeleo.  Mientras esperaba, no podía dejar de pensar en que a partir de ese momento, cualquier día podrían avisarla con malas noticias.  A partir de ese momento empezarían de nuevo las noches en vela, la inquietud y las dudas.  De todos modos, como corresponde a una seguidora del Martillo Sagrado, cogió esos sentimientos negativos y con ellos forjó lo que sería su actitud en el futuro: de todos modos no necesitaba dormir mucho, la inquietud le haría ser más activa en sus tareas del templo y con respecto a sus dudas, se aferraría a su convencimiento de que su hijo alcanzaría la gloria en la lucha.  Al fin y al cabo, lo único que su hijo había conocido era la dura vida marcial de Kenabres y la disciplina del templo. Kurt era un hijo de la Cruzada y era lógico que le aguardase ese destino y no otro.

La Cruzada te da la bienvenida, Kurt.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Razmir es grande. No hay otra deidad como Razmir

Con muchas interrupciones y demoras, estoy tratando de dirigir al grupo de los martes "Las máscaras del Dios Viviente", una aventura urbana de investigación.  Precisamente por eso, nuestro compañero Enrique está algo desesperado porque con su bárbara sólo se le ocurre pegarse con todo el mundo "al estilo Conan".  Y claro, ese comportamiento en el templo de Razmir tiene sus consecuencias.  Pensando en él, y a modo de disculpa, le ofrezco la dramatización de la escena que vivimos en la última sesión, con alguna licencia literaria.  Espero que os guste a todos.

Los gritos de rabia de Irima se perdieron pasillo adelante mientras los guardias del templo y algunos acólitos la escoltaban a su celda.  De nada sirvió resisitirse.  El conato de insurrección llevado a cabo por ella había fracasado y, una vez más, se encontrada atrapada en la celda con un cuenco de agua como único compañero.

Estar encerrada iba completamente en contra de su naturaleza.  Irima necesitaba aire, allí se estaba ahogando.  No es ya que en las ciudades hubiese demasiada gente, demasiados edificios, demasiadas normas...  Es que allí, en templo de Razmir, además tenía que seguir una rutina y unas pautas.  Y ella nunca fue buena en esas cosas.

Irima, prima hermana de Amiri

Horas más tarde (¿Habría pasado ya un día completo?  Irima creía que no, aunque el sentido del tiempo se pierde fácilmente cuando se está aturidida en el jergón de paja de la celda) la puerta de la celda se abrió y tres guardias se aproximaron con cautela.

- ¿Veis?  Os lo dije...  Esta ramera es más fea que tu madre, Smythe.  Ni con un palo la tocaría.
- Cómo se nota que has visitado recientemente la casa de placer.  Yo llevo ya semanas sin un achuchón y estoy más caliente que una piedra al sol.  Veamos qué esconde esta dulzura debajo de la túnica.
- Tú mismo, Smythe, pero a saber dónde ha estado y con quién.  Igual te pega una cosa mala.  Acuérdate de Kurt y lo que le costó recuperarse de aquello que cogió.
- ¿Me vas a hablar tú, putañero del demonio, de lo que te puede pegar una mujer? ¿Tú, que frecuentas tanto el salón de Madame Hoja Tierna que van a ponerle tu nombre a una sala? Venga ya...
- Tú mismo, pero si quieres esta misma noche vamos y te presento a Sareen, la nueva adquisición del salón. Si son mujeres salvajes lo que quieres, ella te dará lo que necesitas.  Se dice que es seguidora de Calistra.  Invito yo, Smythe, pero no nos metas en un lío por un polvo.
- Te tomo la palabra.  Y tú, cerda, vete preparando por si la puta esa no es suficiente.

Sareen, con su infame número de los cuchillos.

Durante toda esta conversación, Irima alternaba expresiones de furia con miradas intensas con las que trataba de quedarse con todos los detalles: la celda, las llaves colgando del cinturón de uno de los guardias, la cara del desgraciado que hablaba, sus ojos lujuriosos...  Una mezcla de pánico y expectación se apoderaron de ella.  Por un lado, el hecho de que el guardia abusara de ella le parecía terrible, pero por otro ese mismo acto podría darle la oportunidad de escapar.  O por lo menos de dejarle un buen "recuerdo" al guardia en forma de mordisco o arañazo.

Mientras la puerta de la celda se cerraba de nuevo, Irima no perdió de vista a los guardias. Aquel que tenía fama de putero esbozó una media sonrisa aunque sus ojos parecían igual de inexpresivos que antes.  ¿Por qué ese guardia había intercedido?  ¿La quería sólo para él?  ¿Podría ser que entre los guardias de aquel nefasto templo hubiese gente decente?  Irima sólo sabía que gracias a su intervención se había esfumado el peligro y una, la verdad sea dicha, muy exigua posibilidad de fuga.  Tendría que seguir presa y más tarde simularía comulgar con la doctrina de Razmir.

Un tiempo indeterminado más tarde la puerta volvió a abrirse, y tras ella aparecieron algunos guardias y un sacerdote de túnica negra.  Irima tardó unos segundos en reconocer las formas tras la túnica y la voz tras la reverberación de la máscara que todos aquellos sacerdotes llevaban.  Sin mediar palabra, los guardias la condujeron, engrilletada como estaba, hasta el patio interior del templo.  Allí fijaron sus cadenas a un poste central y el sacerdote empezó a cantar las alabanzas a Razmir y el cómo la desobediencia era justamente castigada.

El castigo justo por desobecer... otra vez.


Irima se preparó y concentró su furia en aguantar.  No les daría la satisfacción de oir sus gritos.  Se mantendría fuerte, decidida e indomable como siempre había sido...  pero su moral se vino abajo cuando vio cómo el encargado de administrar la disciplina humedecía el látigo en un balde y lo frotaba posteriormente con sal.  Aquello iba a doler.

Y dolió.  Dolió más que cualquier cosa que Irima hubiese experimentado hasta entonces.  Se mantuvo estoica hasta el cuarto latigazo.  A partir de ahí no rocardaba si había gritado, pero dedujo que sí.  Cuando su voluntad estaba a punto de quebrarse, los estallidos de dolor pararon y se escuchó la voz del Sumo Sacerdote alabando a Razmir y a su justicia divina.  Irima quiso responder a gritos, pero el dolor sólo le permitió murmurar un "Me vengaré".  El guardia que la descolgaba del poste y que, junto a otros dos la escoltaba a las celdas la miró de arriba abajo.  ¿La habría oído? ¿La delataría? Con un esfuerzo y agotando las fuerzas que le quedaban, Irima alzó la cabeza y reconoció al guardia.  Era el "espléndido" que había evitado el ataque de su compañero con la promesa de invitarlo más tarde.


Encarni, nuestra ayudante, vestida para la ocasión

- "No tan alto, si yo te he oído cualquiera puede.  Y no te conviene.  No hables.  No hagas ningún gesto.  Trataré de ayudarte más adelante."



La suerte de Irima estaba cambiando.  ¿O no?


Os dejo con la escena de latigazos más memorable, con permiso de Mel Gibson.  Si os aburren los musicales, saltad al minuto 3 directamente.

 

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Jade Regent: Al límite

Inestable y atontado, Razvan se apoyó en su propia espada mientras se unía a sus compañeros en una alborozada celebración.  Satisfecho con la simbología de estar apoyado en la espada larga, símbolo sagrado de la diosa Iomedae, recapituló cómo habían llegado a estar así, medio muertos y extenuados en un cueva abandonada.

Aquella misma mañana (¿Habían parado para comer? ¿Era siquiera el mediodía? Razvan no lo sabía pero le parecía que había pasado muchísimo tiempo) él y sus compañeros habían emprendido el camino, si es que en aquella ciénaga asfixiante había algo digno de ese nombre, hacia la posición indicada con el símbolo de una cueva en el mapa que habían encontrado en la choza.  Por el camino se habían encontrado con otros dos aventureros que también participaban en La Recompensa Goblin y que había enviado la propia Shalelu Andosana.

Hanzo parecía ser un monje, o al menos vestía como tal.  Sus rasgos físicos recordaban a los de Ameiko Kaijitsu, y sus ojos proyectaban una determinación y una serenidad que a Razvan le llamaron la atención.

Owen, por otra parte, parecía igual de preparado que el propio Razvan.  Su cota de mallas le delataban como guerrero, y pronto sus habilidades de rastreo se revelaron útiles, ya que al parecer había identificado el poblado goblin como uno de los puntos indicados en el mapa.

Tres de los aventureros (Owen, Hanzo y el propio Razvan) eran partidarios de ir al emplazamiento de los goblins y salir a su encuentro. Los otros tres (Bonny, Rashid y Tali) opinaban que la cueva estaba más cerca y que merecía la pena averiguar qué era tan importante allí como para marcarlo en un mapa.  La idea de que por su inacción aquellas criaturas pudieran asaltar alguna caravana (que la Diosa no lo quisiera, pero podría ser la de Sandru) inquietaba a Razvan, pero creyó importante que cada cual expresase sus propias inquietudes y, tras un debate prolongado, decidieron ir primero a la cueva.

La cueva, abierta en medio de una pared rocosa, se pudo alcanzar gracias a unas cuerdas y a la colaboración inestimable del compañero de Tali, Cuernotrallamón.  Una vez dentro, en plena tarea de exploración, ocurrió algo que podría haber tenido consecuencias funestas.  En un descuido imperdonable, Razvan resbaló con una roca húmeda, cayendo a una poza de agua estancada realmente profunda.  Su propia armadura estuvo a punto de hundirlo irremediablemente y de no ser por la ayuda de Owen y del resto de compañeros habría sido la primera baja de aquel singular (y cada vez más numeroso) grupo.

Agradeciendo efusivamente a sus compañeros su ayuda, Razvan, Owen y Cuerno se deslizaron a través de una abertura en un camino alternativo ya que su habilidad y su equilibrio era poco fiable debido a su armadura.  Mientras, Rashid, Bonny, Tali y Hanzo probaban su habilidad saltando la poza hasta otra zona por descubrir.  Aquella división se probó peligrosa, ya que tras la abertura mencionada apareció una araña grande como un perro de presa y con intención de convertir a Razvan, Owen y Cuerno en, respectivamente, desayuno, comida y cena.  Afortunadamente, una estocada certera y bien colocada de Razvan convirtió a aquella criatura en un amasijo de fluidos realmente repugnante.


Recuperada ya la unidad del grupo llegaron a una cueva más grande en la que varios conjuntos de huesos se esparcían por el suelo.  Escarmentados por el encuentro del día anterior, se prepararon y uno de ellos le dio una patada un fémur.  Al instante y sin darles apenas tiempo a reaccionar, los esqueletos se levantaron y les atacaron.  Uno de ellos, vestido con una armadura de Xian, señaló a Razvan en un claro desafío.  Y ahí había empezado la sucesión de errores que casi acaba con su incipiente carrera como exterminadores de goblins.

Razvan consideró que los esqueletos sin armadura debían caer antes cuando en realidad el peligro mayor residía en aquella amenazadora figura desafiante.  El siguiente error que pudo costarles la vida fue que Razvan no desencadenó el castigo divino de Iomedae adecuadamente y a tiempo, de modo que la protección que este castigo le hubiera conferido no llegó a tiempo, provocando que él y Owen besaran el suelo en muy poco tiempo.


Poco a poco fueron cayendo los compañeros y no fue hasta el último momento que el trío formado por Tali y su amigo Cuernotrallamón y Rashid consiguió reducir a polvo a aquel maldito esqueleto desafiante y a su cohorte huesuda.

Aliviado por no haber perecido y, sobre todo, por que su error no hubiera costado ninguna vida, Razvan se apoyaba mareado contra la pared musitando plegarias de agradecimiento a su diosa.

- "Agradezco la lección, oh poderosa y leal.  Y sé que es necesario un método duro para una lección dura.  No volveré a fallaros a vos ni a mis compañeros..."

Como si la propia Señora de la Lealtad le estuviera escuchando (como Razvan sin duda creía) un destello se reflejó en su espada larga.  En su mareo y extenuación, Razvan creyó interpretar en esa señal una complicidad, una comunicación especial con Iomedae.  Sabiendo la suerte que tenía por tener a tan podera aliada velando por él, sacó fuerzas de flaqueza y se irguió, sujetando firmemente su escudo y enfocando la luz que de él emanaba.


Al momento, Hanzo se aproximó a él con una especie de manuscrito en lengua extranjera.  Al parecer el mensaje se hallaba esconcido en la empuñadura del arma del esqueleto jefe, ahora ya polvo en el suelo.  Estaba dirijida al heredero de la familia Kaijitsu.  En estos momentos y tal y como le quedaría claro a cualquiera que conociese Punta Arena, ese cargo descansaba en los singulares hombros de Ameiko.  Habría que comunicar el hallazgo en cuanto volviesen a Punta Arena.  Y a todo esto, ¿dónde se habían metido aquellos infames goblins?


jueves, 12 de septiembre de 2013

La llama eterna: Tharla

Mientras las campanadas sonaban anunciando el mediodía y el alcalde de Kassen recitaba las frases rituales que daban comienzo a aquella particular "fiesta de quintos", Tarlha miraba suspicaz a su alrededor, fijándose en los demás participantes de la ceremonia y escuchando con aprensión las ominosas palabras.  "Peligro", "Resposabilidad", "Esperanza"...  aquellas palabras se repetían una y otra vez.
Pintarse la cara color esperanza...

La verdad es que ella misma estaba nerviosa, vestida con un sencillo vestido de lana con pantalones a juego y recias botas de viaje.  Entorno a ella se agrupaban los demás quintos que la miraban con aire entre incrédulo y divertido.  Ella, la "oveja negra" de Kassen, tendría que trabajar codo con codo con aquellos mismos jóvenes que siempre la habían tratado con distancia y recelo.  Sospechando que alguno de ellos podría estar pensando en gastarle una novatada, se puso en guardia y registró la mochila que el alcalde acababa de darle.  Agua, comida, cuerda, hasta un mapa.  De hecho, su mochila, a diferencia de las demás, tenía un regalo añadido: una pequeña botella de brandy.

Tharla miró alrededor y alcanzó a ver a su madre medio escondida tras unas cajas.  Era cierto que Jazel no tenía la mejor de las reputaciones, pero esconderse en un acto tan público le pareció a Tharla casi ridículo.  Sabía que el brandy era suyo, ya que la propia Jazel lo destilaba en su casa.  La propia afición al "agua de fuego" era la que le había traído tantos problemas en el pasado y cuyas consecuencias podían verse hoy en su persona.



15 años atrás, Jazel aún no se había asentado y era aún una inconsciente aventurera.  Su ansia de experiencias le llevó a pasarse una noche de la raya con el brandy y, sin saber cómo, acabó embarazada.  No fue un embarazo normal, ya que Jazel engordó rápidamente y pronto no  pudo ni moverse.  Tras un parto precipitado, la sorpresa de todo el mundo fue que la criatura venida al mundo no era un rosado bebé de graciosas mejillas sino una semiorca verdosa con aspecto cetrino y enfermizo.

Pragmática hasta el límite, Jazel se asentó en el propio pueblo donde le había tocado en suerte dar a luz, y con más dignidad que vergüenza trató de hacerse un sitio en la comunidad de Kassen.  Sin embargo, su afición a la bebida y los hábitos adquiridos en su vida de aventuras hicieron que los habitantes del pueblo no vieran con buenos ojos a aquella extranjera que, según decían las comadres, era ligera de cascos.

Toda la atención que el pueblo le negaba a la madre la volcó con la hija, ya que según la moralidad imperante "la pobre Tahrla no tenía la culpa de que su madre fuese una fulana".  Por supuesto que esos comentarios los hacían a la espalda de Tahrla ya que cuando la gente la miraba a la cara, la chiquilla despertaba una cierta empatía indescriptible que podía tornarse instantáneamente en furia.

Fue a los diez años, cuando aprendió a leer y a escribir, que el mago local le hizo la prueba de rutina para ver si tenía aptitudes mágicas.  En esa prueba, Tahrla fue capaz de reproducir unos pequeños trucos imitando los gestos y sílabas que hacía el mago, lo cual hizo que éste levantase una ceja y, fascinado con la improvisación de Tahrla, la tomó como aprendiz.  Y no era que Tahrla fuese lenta, ni mucho menos, pero había algo en el conocimiento arcano que se le escapaba.  No entendía por qué había que pasarse la vida aprendiendo aburridas teorías mágicas y procedimientos místicos cuando con un par de gestos, algo de práctica y entrenamiento se podía conseguir el mismo efecto.  De hecho, Tahrla se vio obligada a llevar un "libro de conjuros" para el que no tenía ningún uso.  Al final, por dejar de pelear con su maestro, decidió usarlo como diario en los años que estuvo como alumna.  Escribía las anotaciones en clave, como si de verdad fuese un libro de conjuros, y ante la petición de su maestro de revisarlo siempre decía "No, maestro, usted siempre nos dice que los libros de conjuros son la posesión más preciada de un mago y que no deberíamos perderlo nunca de vista".



Pese a sus limitadas habilidades mágicas, Tahrla tenía recursos que otros no tenían.  Había observado desde hacía un tiempo que, en momentos de furia, su manos se podían transformar en afiladas garras que, con un brillo azulado, podía usar para defenderse.  Se dijo a sí misma que tendría que investigar su origen y su posible uso cuando una voz le sacó de su ensoñación.

- ¡Vamos, verdosa, que a este paso, cuando lleguemos, la Llama Eterna se habrá apagado!

Tharla emprendió el camino siguiendo a sus compañeros cuando su madre le cortó el paso.

- Tharla, tesoro.  Sé que tienes tus propias habilidades para defenderte, pero pensé que en una misión tan importante como esta te vendría bien esto.  Toma, pertenenció a tu padre.  No está oxidada ni nada, yo misma me he ocupado de cuidarla todos estos años.  Ahora es tuya.  Si no la quieres, igual puedes venderla y sacar un dinero que puedas usar para otros fines, pero la verdad es que preferiría que la guardases.

- Madre, ¿dónde voy yo con un hacha tan gigantesca?  Es casi de mi tamaño...  ¿Y no decías que no sabías quién era mi padre?  ¿De dónde has sacado entonces esta hacha?



- Sé que no siempre te he dicho la verdad, pequeña, pero cuando vuelvas, si quieres, te lo contaré todo.  Creo que ya eres mayor, y además estás embarcada en la Búsqueda de la Llama.  A partir de tu vuelta tendrás que decidir si te quedas aquí, si te vas...  qué hacer con tu vida.  Cuídate, mi pequeña esmeralda.

Tharla dio gracias a Desna por estar lejos del resto de sus compañeros.  Si hubieran oído como su madre se dirigía a ella por su mote favorito habría sido una tortura añadida.

Despidiéndose de su madre aceleró el paso para llegar hasta a un recodo del camino donde, con impaciencia, los demás jóvenes la esperaban.  Nada sería lo mismo después de esto...